MUNDA GAY: nueva entrega de DOROTHY GAY

Me meto en el Guetto

En un ataque de plenitud y euforia social, llegó a mis oídos que los dueños de un bar que estaba en la mismísima plaza de Chueca, querían alquilar la planta de abajo de su local.
El bar era muy cutre pero se llenaba porque estaba en la plaza y era el sitio más barato, el único donde no te tenías que dejar el riñón sobre la barra para pagar, pero en aquella época no pensabas en que lo que dejabas realmente como pago era parte de tu hígado.
Y es que Chueca siempre fue caro, más caro que cualquier otro barrio para salir y tomarte unas copas, pero… ¿a dónde ibas a ir?
Si querías ligar era el lugar adecuado.
Si querías salir en pareja, era el único sitio donde no te sentías juzgada por miles de miradas inquisidoras, ni perseguida por risitas sorprendidas de ver a dos mujeres que se dan un beso o se dan la mano. Algo que, por desgracia, era así, y aún ahora sigue ocurriendo. Algo tan natural como darte un simple beso o pasear por la calle cogidas de la mano, se convierte en un espectáculo, en el centro de todas las miradas, unas porque les llama la atención, otras por morbo, otras por asco… pero al final te miran, te miran y remiran y muchas te miran mal.
Al final vuelves a Chueca, donde te miran porque gustas, porque les han hablado de ti, porque les caes mal, o por morbo… ya que algunos se tomaban las salidas nocturnas por Chueca como el que va a un Parque Temático a ver si ven alguna especie rara, o a apuntarse una medalla por tirarse a una lesbiana “desviada”. Incluso, es el lugar donde muchas parejas heterosexuales buscan a alguien que quiera hacer un trío con ellos.
Haber habrá de todo en esta vida pero ser homosexual no es sinónimo de vicioso ni de trozo de carne, tampoco está definido como especie rara o en extinción que hay que ver y tocar antes de morir… Pero te llegas a sentir así y es muy desagradable, podéis creerme.
Hasta la fecha no he conocido a ningún homosexual que vaya a bares donde supuestamente predominan heterosexuales (puestos a poner etiquetas) a ver como bailan o se besan entre ellos… La verdad es que no nos da por ahí, ni nos enfadamos cuando se magrean o tontean en el metro. Personalmente no me resulta agradable ver escenitas eróticas por la calle, pero ni de unos ni de otros, y menos cuando en plena pasión te rozan a ti sin darse cuenta.
Por eso, dentro de ese “Guetto” por el que me movía por pura comodidad de poder ser yo misma, sin sentirme juzgada en cada movimiento, alquilé, junto a mi amiga, la Mujer Espantapájaros, la planta baja de aquel bar. Ese pequeño antro oscuro y viejo, que había sido bar de moda en los 80 y que había tenido varios intentos de reapertura sin éxito.
Por la friolera de 300€ la noche, allí estábamos las dos, pintando todo aquello, poniendo a punto luces, música y creando un listado de chupitos a 1€ que haría que llenáramos cada noche y recuperáramos el dinero invertido y algo más. No hacíamos negocio pero nos resultaba muy divertido, cada día se incorporaban más amigas, y con lo que ganábamos nos íbamos de fiesta hasta la madrugada.
Nunca pensé que se pudiera ligar tanto detrás de la barra de un bar. Y fue irremediable… ¡me volví a enamorar! Y con el enamoramiento dejé el bar, y a la Mujer Espantapájaros, y a la Leona, que dejó de beber gratis durante algún tiempo… Decidí sentar un poco la cabeza, centrarme en un trabajo y sacar tiempo para estar con esa morena tan guapa que me había robado el corazón.

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