Nueva entrega de DOROTHY GAY.

Corazones Rotos

Enamorada y de la mano de una mujer maravillosa, el camino de baldosas amarillas parecía un sueño. Lo tenía todo: a la Leona que esperaba ansiosa el fin de semana para vestirse con sus mejores galas y salir a quemar la noche; a la Mujer Espantapájaros, a la que pronto se le pasó el cabreo por el abandono del bar y decidió que irnos de cañas era mucho más estimulante; a la Bruja Mala del Norte que daba de vez en cuando por saco y no me dejaba ni a sol ni a sombra, muertita de los celos de que yo estuviera con otra; y a la Bruja Buena del Sur con la que hablaba a escondidas para acallar la irá de su perversa pareja. A ellas, entre otras y otros, que hacían que mis días estuvieran llenos de diversión y cariño.
Pero, como siempre, lo malo de vivir un sueño, en amores tan intensos que piensas eternos, es el despertar. Sobre todo si el despertar es una gran leche en toda la cara. Un despertar de mañana, cuando haces una llamada para decir “te quiero” y te dicen “se acabó” y te cuelgan el teléfono. Un teléfono al que llamas y rellamas y sólo tienes un “pi.pi.pi” por respuesta… Yo no sé si el alma se me partió en millones de pedazos ese día o si tardé un poco más en darme cuenta.
Mi insistencia no tuvo respuesta y decidí ir a buscarla. ¿Cómo podía acabarse esa historia?
Necesitaba una razón, un motivo, algo que consiguiera que mis disparatados pensamientos tuvieran un sitio y dejara de darme pellizcos en la cabeza.
Ella vivía fuera de Madrid, cogí un tren y me pegué una caminata inmensa hasta su casa. No había nadie. Anduve durante una hora por un camino de tierra que unía su pueblo con el Centro Comercial donde trabajaba, me acerqué a su tienda, allí estaba ella, sentada frente al ordenador… al verme se levantó, apagó de golpe lo que estaba haciendo y gritó bastante enfadada -“¡Qué coño haces aquí!”- A lo que contesté con un hilillo de voz que no me salía del cuerpo –“Quiero que me digas por qué hemos terminado”-.
Mi morena ya no era mi morena, era un caballo desbocado, con los ojos cargados de ira y de rabia, que no tardaría en darme una coz para llevarme a la trastienda. Y ahí sí, en ese momento me di cuenta de que mi alma se había roto y de que mi dignidad había quedado a la altura de la suela de su zapato, en ese ataque de romanticismo pasional que me había dado al ir a buscarla.
Aún me duele recordar los sapos y culebras que pudieron salir de aquella boca que empezaron con un –“Ya no te quiero”- que nunca entendí, y he de confesar, que aún no lo entiendo. Y que acabaron con un –“No me vuelvas a llamar”- mientras me metía en un autobús de vuelta a casa.
No podía llorar porque los ojos los tenía tan a reventar de lágrimas que no salían de allí. No sé como llegué a casa, ni cuantos días estuve con la mirada fija, sin poder casi respirar ni reaccionar ante eso. Al final lloré, lloré tanto que no pude parar en muchos días y que nada ni nadie podía consolarme. No lo entendía, no entendía absolutamente nada. Yo no había hecho nada. No había pasado nada… Y nadie me daba respuestas. Todos callaron, sabían de ella pero no me hablaban de ella. Y yo me sentía como un alma en pena, vagando por la nada sin saber qué hacer.
Está no fue la única de las rupturas que tuve, pero nunca entenderé cómo se puede dejar así una relación. Creo que siempre hay un por qué de las cosas, y aunque sea un razonable: “Ya no te quiero”, hay mil formas de decirlo y para dejarlo, mil formas más de hacerlo. Obviamente nunca serán del gusto de nadie, pero está ruptura tuvo un mal gusto y un daño gratuito que nadie merece.
Soy de esas personas que no paran hasta que tienen respuesta. Pasó algo menos de un mes, y como buena cabezota que soy, cuando pensé que ya me había calmado, decidí llamarla con la estúpida excusa de ver si ella estaba bien, y hacer el absurdo disimulo de “Yo estoy genial, ¿sabes?”, estás estupideces cuanto menos veces se hagan mejor, porque la respuesta que obtuve fue tan contundente que el corazón se quedó aplastado como si de un mosquito se tratase. A los tres toques cogió, menudo calambre nervioso recorrió mi pecho, y una voz que no era la suya me dijo: “Hola Dorothy, soy su novia, ella está bien, te agradecería que no la volvieses a llamar”, una andaluza salerosa intentó consolarme, y aclaró mis dudas, ¡había tenido un relación paralela! Y finalmente había elegido quedarse con ella.
No sé si es peor que te dejen sin respuesta o que te dejen por otra. Pero que te dejen sin respuesta, después de llevar un mes con otra mientras te prometen amor eterno… es una gran putada, y te deja en un estado de shock postraumático del que no sabes cómo salir.
Al final sales, porque sales de marcha, y la Leona, que se había hecho relaciones públicas a cambio de copas en una discoteca de moda, tiraba de mí ayudada por la Mujer Espantapájaros, que me hacía reír con sus extravagancias y sus idas y venidas de olla.
Nunca pensé que iba a ser tan bien recibida la noticia en “el ambiente”. Volvía a estar soltera, y para alguna, que no contaba con que mi corazón no estaba entero ya, era una oportunidad de oro para intentarme conquistar.

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