DOROTHY Gay: El poder del miedo

El poder del miedo

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El camino de baldosas amarillas me parecía divertido, estaba disfrutando de mi viaje y no tenía intención de avanzar demasiado rápido, fuera a ser que me perdiera algo y luego me arrepintiera. Así que, decidí disfrutar de todo lo que la vida me brindara, pensando siempre que eso era lo mejor que me podía pasar.
Intentaba estar en todas partes, no descuidar a mi familia, no dejar de lado a mis amigos, disfrutar de mis salidas y, sobre todas las cosas, dejarme llevar por el Amor. Pero siempre arrastraba la misma sensación: el miedo.
El miedo a ser descubierta en muchos ámbitos de mi vida, me descolocaba y me hacía pasar de la euforia a la culpabilidad continuamente.
Sólo pensar que mis padres podían darse cuenta de todo lo que yo estaba sintiendo me asustaba porque no sabía cómo iban a reaccionar.
Al principio, con el primer beso, tenía una mezcla de deseo de ser descubierta y de terror a ser rechazada. Poco a poco, se fue suavizando, pero esa mezcla de deseo y miedo siempre estuvieron ahí, hasta que me di cuenta de que el miedo y el deseo eran una sola cosa.
Cuando me consideraba heterosexual, antes de emprender este camino, ese miedo no existía. Tenía un novio y era “normal”, si salía o entraba con él era algo “normal” y nadie te hacía excesivas preguntas ni se preguntaba lo que hacías, porque era todo tan supuestamente “normal” que no había nada que plantearse. Eso acabaría en boda, hijos y posiblemente divorcio… corriendo los tiempos que corren.
Pero todo había cambiado, en el fondo de mi ser quería gritar que me había enamorado, o que me gustaba una mujer, y que me encantaban esos besos o el sexo con ellas… pero no podía.
Si se enteraban… no sabía el torbellino que podía desencadenar el hablar más o menos de mis sentimientos, de decir donde iba o de donde venía. Las ganas de expresarlos, arropada por el temor a ser rechazada por los que más quería, me hizo ir contando con cuentagotas lo que sentía y hacía. Mi “Salir del armario” fue lento como ya os conté en su día…
Empezar por las amigas suele ser lo más seguro, así que fui poco a poco, encontrando los momentos para decirlo. Todo tenemos un confidente, o por lo menos lo intentamos, y ella fue la primera en enterarse. Tras un: “creo que me gustan las mujeres”, vino un amable: “me da igual que sea tío o tía”. Y a las cinco semanas de esto, me encontré enrollándome con mi amiga. En mi defensa he de decir, que fue ella quien me asaltó en la cocina de su casa mientras yo le prepara un triste sándwich para paliar los efectos del alcohol que se había tomado, pero me empotró apasionadamente contra la pared y me dejé llevar sin pensar que ella no era la persona adecuada, y sin darme cuenta de lo que se me venía encima.
Tras dos semanas desaparecida, me llamó para decirme que solo quería probar lo que se sentía y que no lo tuviera en cuenta, a ella le gustaban los tíos pero reconoció que enrollarse conmigo le había encantado. ¡En fin! Os podréis imaginar que mirarle de nuevo a la cara se me hizo complicado, y más en aquellos comienzos, cuando yo aún no tenía claro lo que quería. Fue la manera más absurda de perderla, ya que empezó a sentirse celosa de todo el mundo y terminó dejándome de hablar sin ninguna explicación. Y, como no tenía ya motivos para llorar por desengaños e infidelidades, perdí a quien durante tantos años consideré mi mejor amiga.
Una de mis hermanas, a la que le contaba todo lo que me pasaba a pesar de ser menor que yo, fue la siguiente. Su reacción fue tan buena como inesperada y su apoyo incondicional sigue igual hoy en día. Sentir un apoyo así me ayudó a sentirme más segura y tener menos miedos, por lo menos sabía que ella nunca se iría de mi vida.
Reacciones hubo muchas, no podéis imaginar lo difícil que me resultó debatirme entre el deseo y el miedo. Amigas mías de siempre, dejaron de hablarme, otras siguieron a mi lado pero ya no era lo mismo que antes, otras me acompañaron y me apoyaron a lo largo del camino.
Lo curioso, es que a mi familia, a lo más cercano que podía tener, a las personas en las que más confiaba y sabía que estaban ahí… me costó años, de ir con cuentagotas, por si acaso, por si al contar mi verdad ellos huían y terminaban por romper del todo ese corazón que poco a poco se iba haciendo trizas.
Y lo duro de todo esto es que, al final, optas por llevar una doble vida. El miedo puede aferrarse muy dentro de ti y no dejarte crecer y disfrutar de la vida, pensando que un día te echaran de tu trabajo o que dejarás de disfrutar de parte de tu familia. Yo conseguí, después de un largo caminar, quitarme los miedos que aún, a veces, me paralizan, pero hay personas que no lo consiguen y sufren por ello. Y es que, en el mundo en el que vivimos, aún se peca de tener muchos prejuicios, y hacer un juicio sin conocer puede ser la condena de muchas personas que sienten y tan solo quieren ser felices.
Y como os contaba, en este caminar, hubo días que nunca se olvidan, por buenos, por malos e, incluso, por raros. Y ese viernes de diciembre fue para mí uno de esos días.

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