Aislado

Aislado
Por Gustavo S. Rubio

José se quedó mirando más de la cuenta a la alacena que enflaquecía día a día. Unos paquetes de fideos y algunas latas de conserva parecían mantener la distancia también en la profundidad del estante. Una bolsa de arroz, con un nudo mal hecho, reposaba informe en un rincón junto al paquete de galletitas medias húmedas que a esa altura del confinamiento obligatorio eran un tesoro del Olimpo.
El muchacho tomó sólo una, luchando con la tentación de mandar todo al carajo y pedir ayuda al gobierno. Pero podía aguantar un poco más, seguramente habría gente más necesitada que él.
Garabateó una nota para la próxima vez que lo dejaran salir del edificio a hacer las compras a ver si en una de esas podía hallar algo más. Habían clausurado los mercados de barrio por supuestos precios altos y encontrar un almacén sin que lo humillaran y amenazaran los desconfiados retenes policiales era toda una odisea.
La panza le gruñó cuando el café estuvo listo y su aroma inundó el mono ambiente que se le hacía cada vez más chico. Lo cortó con un chorrito de leche. Otro lujo que iba desapareciendo de a poco y había que estirarlo como fuera. Se arrepintió, con culpa, por no haber comprado otro sache más pero se lo había dejado a la señora que iba detrás de él en el mercadito chino.
Acomodó la pequeña taza en la mesita que daba al estrecho balcón y se sentó en una cama que últimamente se obligaba a tender siempre. Despejó lo que había impreso de impuestos, ingresos brutos y demás cosas que debía pagar mientras no podía trabajar para evitar el contagio.
La ventana se había transformado en su amiga silenciosa que le confiaba lo poco que acontecía en un mundo aterrado que, por la pandemia, no diferenciaba entre el día y la noche, entre un feriado de un martes. El único cambio que había percibido era el frío cada vez más notorio por las noches.
Pintaba para ser un invierno muy largo.
Disfrutó cada bocado y cada sorbo en silencio, contando las luces lejanas de los otros departamentos. Las sirenas de un patrullero colorearon las paredes con la puntualidad de todas las noches.
Se preguntó cómo sería deambular por las calles de la ciudad vacía.
Ir al trabajo, visitar a sus familiares, reunirse con amigos parecía de otra vida, situaciones fantasiosas sacadas de algún libro perdido. Si lo apuraban, daría cualquier cosa por salir nuevamente a la calle pero no podía. Debían quedarse en casa para ayudar. Había gente afuera que se arriesgaba por él, por todos. Levantó su taza en silencio a modo de un brindis figurativo hacia ellos.
Los vecinos habían dejado de poner música a todo volumen, de organizar cantadas y forzar eventos comunitarios a la distancia para subirlas a las redes. Esa efímera moda había sido ahogada por la constante sumatoria estéril de contagiados que repetían los medios y ahora José la añoraba un poco.
Terminó su espartana cena y comió la última manzana que le quedaba cuando terminó de lavar la taza y los platos del mediodía. “En la cáscara están los nutrientes” repitió el mantra de su reciente fallecida abuela a la que no había podido despedir ni enterrar. La vieja, tozuda como buena vasca, no había querido el respirador arguyendo que ya era grande y había otros que lo podían necesitar.
Se merecía un monumento, se reprendió, y no las lágrimas agrias y solitarias que le cayeron por sus mejillas.
La alarma de la aplicación lo interrumpió y le avisó a José que era hora de salir a aplaudir a los médicos. Al apoyo y agradecimiento espontáneo que se había vuelto rutina se le habían ido sumando otros servidores públicos, enumerados con el sello de Presidencia en un clip de gente amontonada inaugurando un hospital por enésima vez.
José se dejó caer en su cama y se dedicó a vagar por los canales de TV tratando de conciliar el sueño que tardaría mucho en llegar. Números de contagiados, series viejas, entrevistas a expertos, películas recortadas, políticos que intentaban justificar sus astronómicos sueldos, televentas…
El aburrido collage al que asistía a diario para pasar el tiempo de aislamiento mientras otros lo cuidaban. Esa era su parte.
El timbre sacó a José de su ensoñación y con recelo se acercó a la puerta.
– ¿José?
– Si…
– Vengo del laboratorio…
José destrabó la puerta y vio por la hendija a un hombre con delantal impecable acompañado por un policía. Ambos con barbijos y actitud distante, lo saludaron con un solemne movimiento de cabeza.
– Aguarden que ya salgo. – les dijo José dudando un poco, con encogimiento.
Los hombres asintieron y esperaron en silencio. Otro oficial de policía se asomó por la escalera, expectante. Al cabo de un tiempo José abrió la puerta del todo. Sostenía un bolsón.
– Disculpen, no sabía que iban a venir…
– ¿Ya está listo? – preguntó quién oficiaba de médico señalando la abultada bolsa de tela.
Uno de los policías se acercó y le tomó el bolso que José le daba con su mano enguantada.
– En parte. No llegué a imprimir todo.
José pudo ver que el oficial sonreía detrás del barbijo y le mostraba con alegría a su compañero las decenas de vinchas para unas máscaras de protección que había creado en su impresora 3D. El médico sonrió también.
– No tengo el acetato para todas – se disculpó José –  Pero pueden usar radiografías…
Los hombres lo miraron incrédulos. Decenas de personas iban a estar protegidas y José se fijaba en ese detalle.
– ¿Qué necesita? Pida lo que quiera – interrumpió el policía y el médico sacó un sobre en dónde guardaba el dinero para insumos.
José se quedó pensando unos segundos hasta que habló, con vergüenza.
– Nada. Estoy bien. ¿Se consigue filamento para imprimir?

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